¡Vamos al circo!
Esto lo escribí el día 8, pero aún no lo había publicado porque quería incluir unos versos de la Eneida que recordé, y que ahora veo que apenas tiene un poco que ver con el tema del texto.
Se echa a andar al punto la Fama por las ciudades libias,
la Fama: más rápido que ella no hay mal alguno;
en sus movimientos se refuerza y gana vigor según avanza,
pequeña de miedo al principio, al punto se lanza al aire
y camina por el suelo y oculta su cabeza entre las nubes.
A ella la madre Tierra, irritada de ira contra los dioses,
la última, según dicen, hermana de Encélado y de Ceo,
la parió veloz de pies y ligeras alas,
horrendo monstruo, enorme, con tantas plumas en el cuerpo
como ojos vigilantes debajo (asombra contarlo),
como lenguas, como bocas le suenan, como orejas levanta.
Vuela de noche estridente entre el cielo y la tierra
por la sombra, y no rinde sus ojos al dulce sueño;
de día se sienta, vigilante, o en lo alto de un tejado
o en las torres elevadas, y amedrenta a las grandes ciudades,
mensajera tan firme de lo falso y lo malo cuanto de la verdad.
Recibí la noticia y, actuando como mensajero, llamé inmediatamente para transmitirla. Fue el único instante en que la aflicción asomó en mi voz. Sabíamos que ese día iba a llegar; el hospital conseguía sólo egoista tiempo para verle sufrir vivo.
Tanto a la ida como a la vuelta hablé con mi madre sobre "mi tío" Serapio y su muerte: parecía un circo. Estaba lleno de gente que no paraba de hablar. Me sorprendió oir aquello, por su falta de hipocresía, cuando estábamos llegando al velatorio. Andaba pensando en algo similar; el concepto revoloteaba juguetón en mi cabeza, pero aún no tenía nombre: fería. Sí, habría sido con seguridad mi elección, cuando ella se pronunció y encontró el título adecuado.
La habitación, abierta a miradas fortuitas, delimitaba su forma de L con asientos ocupados por la edad. Después de despachar al primer ex-conocido, recordé que ya no iría a buscar cajas de manzana a su casa. Hasta ahí no había pensando en el pasado que me legó. Me ocultaba (lo que puede el más alto y encorbado de la sala) detrás de mi madre, guiado y cansado, porque no tengo especial interés ni conocimiento de los lazos de los hilos de mis familiares y a muchos llevaba lustros (literalmente) sin ver o sin conocer. Así, esto se convirtió en el principal tema de sus conversaciones conmigo; que si hacía años que no nos veíamos, que si había crecido mucho, que no me reconocían, etc. No faltaba también el tema de los estudios, al que respondía, escarmentado ya, que me iba bien y que tenía los exámenes cerca y demás tópicos. Sólo faltaba el qué tal estás. No perdón, también surgió.
Según íbamos avanzando, soltaba respuestas con las mismas palabras e incluso orden a distintas personas, a la par que me esforzaba por recordarlas. Durante un momento que mi "enlace" justificaba su ausencia el día anterior, aproveché para observar al difunto. Sólo alcanzaba a ver los rasgos más marcados de su rostro, como la nariz aguileña, y el traje, que no habría llevado en vida, negro, dentro del ataud. La pálidez enfermiza trajo a mi memoria a Max Schreck. Era un nosferatu cualquiera como tantos que dormirían en esa hora. Me habría gustado acercarme morbosamente más para observarlo, pero la mampara no lo permitía. Y mi actitud tampoco; no quería llamar la atención.
¡Tantas flores y ni siquiera tuve mi momento de intimidad con el cadaver alejado de las miradas de los que llevaban horas sentados!. Tampoco es que le hubiera confesado muchas cosas, pero sí que habría susurrado un adiós, como fín oficial a nuestra coincidencia en el camino, después de unos segundos de quietud.
Al girarme para volver al amparo de mi madre, ví una lágrima.
La única de entre una cola de individuos que daba la impresión que sólo asistía para probar ante el jurado que ellos sí estuvieron ahí, y sus cómplices.
Después me enteré de parte de su sufrimiento antes de morir, aderezado con gestos, como si la narración, e imaginarme desde ella cómo se sentiría, fuera insuficiente tragedia. No puedo afirmar que me dejó huella, porque eso será el tiempo el que lo juzgue, pero juro que la actuación, mala, pero angustiosamente realista, y las palabras, que ni por crueldad podían haber sido tan precisas, me hicieron consciente de su última y dura realidad.
¡Qué final el del hombre!
Dejo aquí mi homenaje a las cajas de frutas, las pastas, las 100 pesetas, las tardes aburridas que los adultos hablaban de sus aburrideces mientras tocábamos las púas de erizo dulcemente, los recuerdos de Australia que adornaban las paredes, la boina, la chepa, las manos enraizadas en venas marcadas y añejas, las dos bolas doradas que movían, las faldas de la camilla, el día que lloré oyéndole hablar de sus hijos, las fotos del salón, la alcachofa del grifo, su voz...
Mientras, otros harán sus rituales; ¡que siga el circo!