36 horas sin dormir y otras de regalo
10 de octubre
En una cama tan pequeña como la mía, yace ella, conmigo incrustado en su espalda, conmigo y mis ojos cerrados mirando el techo, conmigo y mi cuello y rostro torcidos sobre el colchón, conmigo y mi brazo y hombro como dura almohada para mi cabeza acostumbrada.
Le quedan 4 horas de sueño y sé que he consumido algunas de las que ya no disfrutará.
Hoy era el día; tenía que haber caido debajo del edredón, mis párpados deberían haber cubierto la luz de la vigilia para ocultarle la huida a los sueños, que hoy eran míos. Debería levantarme con el frío de mi piel desnuda sublimándose por el roce de otra, ésta cálida. Pero no será así.
Me visto con el ruido necesario para recoger el metal de las llaves, de su pulsera y del cinturón.
Busco el pomo y levanto firmemente la puerta, antes de comenzar el giro, para evitar un agudo (y molesto) chirrido hasta dejar un ángulo diminuto por el que escurrirme. Con la izquierda sujeto el tirador de la otra cara y, aún con fuerza, acompaso el movimiento con, esta vez, el desliz estridente.
Me percato a medio pasillo y regreso a por la bufanda, más rápido que silencioso.
Queda la última entrada, de la que no evito otro sonido con un golpe suave, y repito, más próximo y enérgico, y ruidoso, mi tentativa y su cierre.
Han pasado 36 horas. 36 horas de actividad mental frenética y física, incluso evitados mis ejercicios, desde que me levanté. Sólo disfruté durante un mal telediario y la publicidad que anuncia la aburrida programación de las tardes. Una hora de duermevela que, insólitamente, me expulsó hastiado del sofá y me obligó a desterrar la otra media que me había prometido como recreo.
Después de nuevas vueltas en otra cama, más fría e igual de estrecha, me duermo solo.
14 de octubre
Comienzo a bajar las escaleras con la cabeza baja y los ojos lacrimosos, evocando una imagen ficticia, y al ir a deslizar mi dedo por el derecho para quitarme la única gota, me doy cuenta de algo: me he olvidado las gafas. No dudo un instante, continuaré sin ellas, no voy a despertar a mi diablesa.
La salida a la calle no me resulta extraña hasta que cruzo temerariamente, como me gusta, como si la ciudad fuera mía y pudiera caminar por donde quiera. Las luces del coche que recorre la noche están lejanas, incluso para un cegato como yo. En esto, vuelve a mi pensamiento la Tarea, ahogada por sentimientos, que debería cambiar por los que realmente ayudan. Otra vez estoy igual. Necesito una vida más ordenada, un día estos intentos tienen que dar fruto, llevo demasiadas horas intentándolo y como prueba tengo mis ojeras. Mañana he de aguantar hasta la medianoche, y pasado y el siguiente no permitirme la más ligera cabezada a destiempo.
Con un cigarro recorro otro camino a mi casa, paralelo al de siempre. No soy capaz de reconocer nítidamente nada, aunque sí me percato de que algún gracioso, que acusará al alcohol de su heroicidad, ha levantado todos los limpiaparabrisas de este lado de la acera. Sigo caminando, tórpemente, mientras me fijo en las luces y la distorsión que produzco en su luz. Me recuerdan al sol, a su aura borrosa más bien. Así, al acabar de subir lentamente la calle y comprobar que efectivamente no soy capaz de reconocer ni un rostro, me dirijo a una placita, mi rincón, desde hace años, de reflexión y serenidad. Allí me sorprendo, al sentirla mancillada (o bendecida) con los restos de un botellón opulento que están sin acabar e incluso servidos; varios cachis hasta arriba, hielos apagados, 2 botellas de refreso casi llenas, un poco de whiskey y media de vodka... ¡qué pena que hoy no sea el día!
Me acabo y enciendo un cigarro, el último, que reservaba para ella, o para mí y continúo cabilando hasta que lo consumo y vuelvo al hogar, sigo con la mirada en el suelo, a dejarme la vista en la pantalla.
